Hubo un tiempo en el que el Monte Coroña era uno de los lugares más conocidos del oeste de Gijón. Hoy apenas unos pocos vecinos recuerdan su existencia. Oculto tras el perímetro industrial de El Musel y los astilleros, este pequeño promontorio costero fue durante siglos una referencia geográfica para navegantes, pescadores y habitantes del barrio de El Natahoyo, además de constituir uno de los espacios de ocio más populares de la ciudad.
La antigua Punta Coroña aparece reflejada en numerosas cartas náuticas del siglo XIX como un accidente costero perfectamente identificable que marcaba la entrada occidental de la bahía gijonesa. Su posición estratégica permitía servir de referencia a las embarcaciones que se aproximaban al puerto, mucho antes de las grandes ampliaciones portuarias que transformaron por completo el litoral gijonés.
Pero Coroña fue mucho más que un punto de orientación marítima. Hasta mediados del siglo XX era un espacio abierto al vecindario. Sus praderas acogían romerías, espichas y reuniones familiares, mientras que el pedrero situado a sus pies era utilizado como zona de baño, pesca y fondeo de pequeñas embarcaciones. Durante décadas formó parte de la vida cotidiana de generaciones de vecinos del Natahoyo, que encontraban allí uno de los pocos lugares naturales junto al mar antes de que la industrialización cambiara definitivamente el paisaje de la zona.
La expansión industrial de los años sesenta marcó un antes y un después. La ampliación del puerto de El Musel, el desarrollo de la actividad siderúrgica y la implantación de los grandes astilleros alteraron profundamente la costa occidental de Gijón. El acceso ciudadano al Monte Coroña desapareció progresivamente hasta quedar integrado dentro del recinto industrial, haciendo que un espacio tradicionalmente público pasara a ser prácticamente inaccesible. Aquella transformación supuso también la desaparición de playas, pedreros y zonas de baño que habían formado parte de la identidad del barrio durante décadas.
Su interés histórico va incluso más allá. Diversos investigadores han planteado la posibilidad de que el promontorio pudiera haber albergado un pequeño asentamiento defensivo o un castro costero relacionado con el control de la bahía de Gijón. Aunque hasta la fecha no existen excavaciones arqueológicas que lo confirmen de manera definitiva, la hipótesis se apoya en la estratégica ubicación del enclave y en la presencia de otros asentamientos fortificados de época prerromana en el entorno, como el castro de Noega, situado en la cercana Campa Torres, origen del poblamiento estable de Gijón.
En la actualidad, del antiguo Monte Coroña apenas sobrevive un reducido promontorio integrado en el paisaje industrial del puerto. Su presencia pasa prácticamente desapercibida para la mayoría de los gijoneses, aunque sigue figurando en la cartografía histórica y permanece muy viva en la memoria de quienes disfrutaron de aquel espacio antes de su desaparición.
En los últimos años diversas asociaciones vecinales y colectivos vinculados a la memoria histórica del barrio han reclamado la recuperación patrimonial de Coroña, al menos mediante actuaciones de divulgación que permitan conocer la importancia que tuvo este enclave en la evolución urbana y marítima de Gijón. La recuperación física resulta compleja por su ubicación dentro de instalaciones industriales, pero historiadores y vecinos coinciden en que preservar su recuerdo constituye una forma de conservar una parte esencial de la historia del oeste de la ciudad.
Monte Coroña representa hoy uno de los ejemplos más evidentes de cómo el desarrollo industrial transformó el litoral gijonés. Donde antes había un lugar de encuentro, pesca, baño y convivencia, hoy permanece un espacio prácticamente oculto. Sin embargo, bajo ese paisaje industrial sigue latiendo una parte importante de la memoria colectiva de Gijón, recordando que la historia de la ciudad también se escribe en aquellos lugares que ya casi han desaparecido.

