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Entrevista con Guzmán Ortega jugador Real Avilés con Alba Merideño

Guzmán Ortega pertenece a esa estirpe de futbolistas que prefieren que su trabajo hable por ellos. Con una serenidad impropia de su juventud, el lateral derecho del Real Avilés ha sabido transformar cada etapa de su carrera en una lección de aprendizaje. Desde sus inicios en el Palencia, donde el fútbol era una extensión de amistad y el disfrute sin presiones profesionales, hasta su realidad actual, Guzmán ha avanzado con paso firme, dejando que el ritmo de su propia evolución marcara el camino.

El factor humano como motor
Su llegada al Real Avilés no fue una decisión azarosa. Para un hombre que se define como «familiar», la cercanía a su entorno y el calor de un club con alma fueron determinantes. Ortega destaca que, más allá de las infraestructuras, la riqueza del club asturiano reside en su gente. Reconoce que, aunque no cuenten con los presupuestos de otros gigantes de Primera RFEF, el esfuerzo colectivo y el ambiente diario hacen que el proyecto sea «ameno y divertido», algo vital para el rendimiento deportivo.
Esa calidez humana fue su mejor refugio cuando el destino le puso a prueba a principios de 2025. Una grave lesión de rodilla frenó su progresión, pero no su mentalidad. Gracias a la estructura de la Cultural Leonesa —club al que pertenece— y al apoyo de psicólogos, fisios y su círculo íntimo, Guzmán regresó más fuerte. «No es plato de buen gusto para nadie, pero aprendí mucho y me hizo mejor futbolista y persona», reflexiona con la perspectiva que da el haber superado la adversidad.

Disciplina y evolución táctica
En el césped, Ortega se ha convertido en un alumno aventajado del «entrenamiento invisible». Su ética de trabajo es innegociable: desde el cumplimiento estricto de los ejercicios preventivos hasta el cuidado de la alimentación y el descanso. «Son esos pequeños detalles del día a día los que después te pueden dar una ventaja o marcar la diferencia», afirma.
Esta temporada, su foco ha estado centrado en la faceta defensiva, un aspecto que él mismo identifica como su gran área de mejora. Para ello, no duda en fijarse en referentes cercanos como su compañero Campo Abad, de quien busca absorber toda la experiencia posible. Esa humildad para seguir aprendiendo, incluso después de haber saboreado el éxito de un ascenso con la Cultural, es lo que define su techo: uno que no quiere imponerse por ahora. «No me gusta hacerme ilusiones que no son reales; prefiero ser realista, trabajar y controlar las cosas que puedo», asegura al ser preguntado por su futuro a cinco años vista.

Un sueño con nombre propio: León
A pesar de su compromiso total con el Avilés, Gúzman no oculta su vínculo emocional con la Cultural Leonesa.El recuerdo del ascenso en León, con la ciudad volcada y su familia en la grada, permanece como el día más especial de su carrera. Su meta es clara: trabajar para volver allí y demostrar que tiene sitio en una categoría tan «apasionante» como la Segunda División. Sin embargo, su profesionalidad se antepone a cualquier deseo personal; si el camino dicta una nueva cesión, la afrontará con la misma ambición de seguir creciendo.

El fútbol fuera del fútbol
Lejos de los focos, Guzmán encuentra el equilibrio en la naturaleza. Ya sea realizando rutas por su pueblo o descubriendo los paisajes de Asturias, el lateral valora la desconexión que le ofrecen los amigos y otros deportes como el pádel o el tenis. Es esa sencillez la que también traslada a sus referentes, citando a su padre —que también fue lateral— como su principal ídolo y guía.
Para concluir, el palentino no se olvida de quienes sufren y disfrutan con él cada fin de semana. Para Guzmán, la afición es el verdadero «motor» de su esfuerzo diario, la razón por la que cada madrugón y cada entrenamiento bajo el frío asturiano cobran sentido. «Gracias a ellos estoy donde estoy ahora», sentencia un jugador que, con los pies en el suelo, sigue proyectando su carrera hacia lo más alto.

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